AcciÓn solidaria y EcolÓgica
en perspectiva cristiana


Por Hno. Jesús Bayo M. fms

1. Ecología y casa común: mirada histórica retrospectiva hacia esta preocupación

Difícilmente pudo imaginar el zoólogo alemán Erns Haeckel (1834-1919) que el vocablo “ecología”, empleado por él para hablar de los diversos hábitats de relación animal, tendría tanto éxito. La ecología, en la actualidad, se refiere a las relaciones armónicas del ser humano con la naturaleza y con la sociedad donde habita, y la preocupación social para que el desarrollo económico no dañe a la creación, ni la tierra ni la atmósfera donde habitamos los seres vivos.

En 1945, con la creación de la ONU ya se manifestó cierto interés por crear una casa común para garantizar la paz, la seguridad y el desarrollo de todos los pueblos, aunque no se hablara directamente de la “ecología”.

laudato-cubaEn 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se especificó, de algún modo, la necesidad de cuidar la tierra para garantizar la alimentación y el agua potable a todos los seres humanos.

En 1966, en los dos pactos de los derechos económicos, sociales y culturales y de los derechos civiles y libertades básicas, se ratificó la necesidad de cuidar nuestra tierra y garantizar el ambiente propicio para la vida humana.

En 1972 la Declaración de Estocolmo propició la cooperación internacional para cuidar el ecosistema terrestre y propuso como objetivo estabilizar las emisiones de gases con efecto invernadero y evitar el calentamiento global.

En 1992, en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro se proclamó que los seres humanos son el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible y el medio ambiente.

En el año 2015 se celebraron diversos eventos que manifiestaron la preocupación ecológica internacional. Para empezar, las Naciones Unidas proclamaron ese año como “Año de la luz”, y sabemos la importancia que tiene la luz para la existencia de los seres vivos en la tierra y en el mar.

El papa Francisco promulgó, el 24 de mayo del 2015, la encíclica “Laudato Si’” sobre el cuidado de la casa común. La carta tuvo amplia acogida y gran repercusión internacional.

Al promediar el año 2015, entre el 13 y el 16 de julio, se desarrolló la tercera Conferencia Internacional sobre financiación para el desarrollo mundial y el medio ambiente en Addis Abeba (Etiopía). A finales de septiembre y en los primeros días de octubre se llevó a cabo en Nueva York la 70ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en la que se trataron temas sobre el desarrollo, la paz y el bienestar mundial. El día 25 de septiembre el Papa Francisco participó en esta Asamblea de la ONU, en donde pronunció un discurso abordando diversos problemas de nuestro mundo, entre los cuales mencionó el cuidado de la naturaleza. Durante el mes de octubre, el obispo de Roma presidió en el Vaticano el sínodo de obispos que trató sobre la familia, en conexión con diversos problemas que afectan a la vida y a la casa común de todos los seres humanos, la que tiene su rincón más sagrado en el hogar y en la familia. Del 30 de noviembre al 11 de diciembre se celebró en París la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático y sus repercusiones en el medio ambiente.

En definitiva la ecología, la preocupación por el cuidado de la vida en nuestra tierra, del clima y del ambiente en que vivimos es una preocupación importante en nuestros días.

2. La preocupación de la Iglesia y de la encíclica Laudato Si¨ sobre el cuidado de la casa común

El Papa Francisco ha tomado el título para su encíclica sobre la ecología del “Cántico de las Criaturas”, compuesto por san Francisco de Asís. Este santo fue proclamado patrono de los ecologistas (Oecologiae cultorum patronus) por san Juan Pablo II el 29 de noviembre de 1979, en razón de que el Poverello de Asís se preocupó por la armonía de todos los seres entre sí y cantó con la creación entera las alabanzas al Creador.

Podemos decir que esta encíclica del papa Francisco es el primer documento pontificio que aborda de manera explícita y específica el tema ecológico, pero la preocupación por esta realidad ya la expresaron sus predecesores, tal como el mismo papa reconoce en los primeros números de la encíclica (cf. LS 1-6).

El papa Pablo VI expresó su preocupación por la ecología en la carta apostólica Octogesima adveniens (1971) (cf. OA 21) en donde señalaba el riesgo de la degradación y destrucción de la naturaleza. El papa Juan Pablo II abordó el tema ecológico en varios documentos, entre los cuales destacamos la encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987) (cf. SRS 26), el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1990) y la encíclica Centesimus Annus(1991) (cf. CA 38-29). El sumo pontífice Benedicto XVI renovó la invitación a todo el mundo para eliminar las causas del deterioro ambiental en su encíclica Caritas in veritate (2009) (cf. CV 51).

El documento de Aparecida (2007), de la última Conferencia del episcopado latinoamericano, tiene numerosas alusiones a la ecología con diversidad de matices: ecología natural, social, económica, humana (cf. DA 125, 126, 471, 472, 474, 491). Habría que añadir la ecología integral que incluye todos los adjetivos (natural, humana, social, familiar, ambiental, laboral, económica, política, cultural, espiritual) y que supone la preocupación por la “casa común” en todos los sentidos.

Podemos encontrar en todos estos signos de los tiempos una llamada a cultivar una espiritualidad ecológica que supone la consideración de los principales textos bíblicos que nos hablan de la Creación maravillosa. También podemos leer y considerar el valor ecológico de tantos cánticos y poemas inspirados en la naturaleza y en la belleza de la creación. La música inspirada en la grandiosidad de la Creación es otra fuente de una espiritualidad ecológica, y para ello bastaría meditar el salmo 103.

A partir de la inquietud por la armonía, la belleza y la ecología integral podemos contemplar directamente la naturaleza. ¿Por qué no acercarnos directamente a la naturaleza para admirar las palmas del campo, las ceibas del parque, las olas del mar, las flores de parques y plazas, los animales en el zoológico y las plantas del jardín botánico? Ahora bien, no sólo es posible la espiritualidad ecológica desde la belleza, sino desde la solidaridad y la misericordia, cuando la casa común está amenazada y dañada por tantas miserias que guardan relación con el pecado y la debilidad humana.

Nuestro compromiso con la ecología supone el cuidado de la naturaleza y de los seres vivos, especialmente, de las personas. La ecología, la caridad (Caritas) y la misericordia (Misereor) son inseparables, porque el cuidado de la creación está relacionado directamente con el servicio a nuestro prójimo y la preocupación por nuestros semejantes, y con el cuidado de nosotros mismos que implica una ecología ambiental y espiritual. De este modo, podremos concluir cantando con el universo entero las alabanzas al Creador en el Cántico franciscano de las Criaturas: Alabado seas, mi Señor, por la hermana madre tierra… (LaudatoSi’).

Ahora bien, el canto de alabanza se transformará en lamento y elegía cuando vemos el daño producido en la creación ya sea por efecto de los fenómenos naturales o por el daño que produce el ser humano por un mal trato que da a la madre tierra o por el daño ambiental por efecto de un progreso económico mal dirigido. Estas son realidades que preocupan hoy no sólo a nivel de país o de ciudad (por ejemplo, la contaminación), sino a nivel global por el cambio climático, el efecto invernadero, el calentamiento global, etc. En la actualidad, el pecado social pasa también por el daño ambiental, de lo cual tenemos que pedir perdón a Dios y a los hermanos.

3. La naturaleza desfigurada por la contaminación ambiental

Toda la Creación, especialmente el hombre y la mujer, son reflejo del amor de Dios porque participamos de su amor creador, que para las personas llega hasta el extremo de ser “imágenes divinas”. Lo triste es que la creación, al igual que los seres humanos, puede quedar desfigurada, hasta perder la marca divina del amor divino por efecto del ácido corrosivo de la contaminación y del pecado que es la peor lacra que deteriora a la creación entera.

Cuando Dios creó vio que todo era bueno y bello (Kallós), había hecho una verdadera obra de arte divino, fruto de su inteligencia, bondad y belleza. También el arte humano es el resultado de la fuerza creativa del hombre y de la mujer, en el tiempo y el espacio, que nos impele a expresar nuestros sentimientos más profundos para compartirlos con la mayor intensidad de que somos capaces. A Dios podemos considerarlo como el más grande artista en cuanto es creador de todo lo existente, cuando admiramos la belleza de la naturaleza y nos reconocemos a nosotros mismos a través de la observación del mundo que nos rodea.

La mayor obra de arte que podemos contemplar es el hombre mismo, ya que es el culmen de la obra de Dios, hecho a imagen suya:”Dios creó al Hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó” (Gen 1,27).Dios ha creado al hombre y la mujer con un valor único e incalculable. Cada alma tiene un valor infinito para Él y por ello nos ha hecho partícipe de su belleza. Una belleza que no radica en un canon estético comercial o sensual de la época en la que vivimos, sino que va más allá cuando es capaz de suscitar en nosotros sentimientos de grandeza, de identidad con Dios, de amor y misericordia.

Hay una foto profundamente conmovedora que se ha difundido por internet. Aparece en ella una joven madre besando a su hija de pocos años. En un primer vistazo impacta el hecho de ver sus dos caras completa-mente desfiguradas por el ácido con el que fueron atacadas. Es la ruina personificada por el ataque, distinto del natural deterioro de la edad. Ante este tipo de imagen tenemos dos tipos de actitudes que podemos tomar: apartar la mirada y quedarnos en una repulsión superficial, por el acto horrible que les provocó tanto dolor así como por los resultados del mismo. También podemos fijarnos en ellas, empatizar e intentar adoptar esa misma mirada que tienen la una hacia la otra… Para ello hemos de limpiar nuestros ojos y admirar contemplativamente todo lo que nos transmite esa imagen de las dos caras jóvenes y amables pero erosionadas y quemadas.

laudato si´-cubaEsa mujer y esa niña nos interpelan en lo más profundo y si las dejamos, suscitarán en nuestro corazón ternura, amor y misericordia, pudiendo ver la belleza del ser humano en toda su pureza, la belleza del amor que se sobrepone al sufrimiento, la belleza innata e infinita de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte, sin encorsetarlo en cánones ni prejuicios. La misericordia de Dios se extiende a pesar del mal que acecha al mundo, lo sana, lo recupera, lo inunda y lo transforma. Aún en la mayor oscuridad del mal en corazón humano la misericordia puede brillar: ese amor de madre e hija, que representa también el amor de Cristo sufriente por la humanidad entera.

Se puede encontrar la redención a través de la belleza, dejándose inundar por la misericordia, el consuelo y la compasión. Si aprendemos a mirar con los ojos de Dios, con los ojos del amor y la misericordia, con los ojos del milagro, podremos admirar en este beso de las dos caras quemadas por el ácido tanta belleza como en ‘La Piedad’ esculpida por Miguel Ángel. Esta escultura también fue atacada, hace algunos años, por un loco que arrojó un martillo, después de lo cual fue restaurada y limpiada completamente.

Este será también nuestro compromiso con la creación y con los seres humanos: la caridad, el cuidado, la misericordia para reestablecer su figura original y dar esplendor divino a la creación y alabanza al Creador. Los desastres naturales, la emisión de gases y líquidos contaminantes, la devastación de los bosques, la contaminación de los mares y de los acuíferos terrestres, el consumo y explotación desmedida, la pérdida de la diversidad, el deterioro de la calidad de vida humana, la degradación ambiental y social, la inequidad, etc., dañan la creación y atentan contra el ser humano. Entonces, ¿cómo podemos llegar a la fraternidad universal y al cuidado de la casa que nos acoge a todos?

4. Hacia una ecología integral

Esta encíclica social del papa Francisco nos da pie no sólo para pensar en la armonía con la naturaleza, sino en las relaciones sociales que permitan la calidad de vida en nuestra casa común. Desde la perspectiva cristiana, tenemos para fomentar la ecología ambiental y social. El misterio del Dios trinitario en quien creemos nos ilumina con sus relaciones de amor: las tres divinas Personas están implicadas en la creación, en la redención y en la santificación del género humano. Nuestro Dios-Amor no es un Ser lejano de los hombres que habita en las alturas, sino que se implica y se preocupa de nuestras realidades terrenas porque somos obra de sus manos, semejantes a él, hijos queridos nacidos de su costado.

El desafío más grande para nosotros es aplicar a la ecología de la vida cotidiana el principio comunitario que rige las relaciones de amor y solidaridad entre las personas, la búsqueda del bien común en nuestra sociedad, el apoyo recíproco y la subsidiariedad en las formas de gobierno, y el bienestar social para todos evitando que haya grupos descartados por el crecimiento ilimitado de unos pocos. La contaminación ambiental de la tierra, del aire y del agua es ciertamente un problema que afecta a la naturaleza y a la calidad de vida. Pero también daña el ambiente ecológico y social las divisiones y las guerras, las envidias y la indiferencia.

El papa Francisco, promotor de una ecología global, ha tratado de propiciar el diálogo sobre el medio ambiente en nuestra tierra, pero también procura ser mediador en los conflictos sociales, nacionales e internacionales. Es una forma de hacer ecología que podemos aplicar a nuestra realidad nacional y familiar. Ciertamente, no es fácil abrir un diálogo franco sobre temas polémicos y complejos, pero es una exigencia para intentar relacionarnos desde la verdad y desde los sentimientos que cada persona experimenta en su propia vida.

En Cuba estamos acostumbrados a predecir y afrontar las catástrofes naturales de manera solidaria. Tal vez, podemos ampliar los criterios de ecología integral de manera que las acciones solidarias broten desde el corazón de cada persona, no sólo desde las estructuras de gobierno. Cada persona y cada uno de los grupos sociales que conforman la sociedad civil tienen la posibilidad de contribuir con su granito de arena para formar una sociedad más justa y saludable. De esa forma todos contribuimos a promover una ecología integral.

Otra acción fundamental para lograr esta ecología integral es fomentar la educación ecológica y la espiritualidad solidaria. El cuidado del medio ambiente y de las relaciones armoniosas en los grupos sociales se aprende desde la infancia en la propia familia. Este será el camino para trabajar juntos en construir la “casa común” que tiene sus cimientos en el “hogar familiar”. La familia y la escuela son las principales instancias orientadoras para construir ambientes más propicios, sanos y cordiales en nuestra sociedad. Después vendrán las políticas ambientales en las empresas y centros de trabajo, la leyes que regulan la salud del medio ambiente y las relaciones entre las personas. Sólo a partir de valores que nos permitan estar en paz con nosotros mismos, con la naturaleza y con los demás, podremos cantar -como san Francisco de Asís-, un solemne “Laudato si”, ¡alabado seas, mi Señor!